PerteneSer — Periódico Alberti
un surco por familia

Las calles de mi barrio de niño…

Las calles de mi barrio de niño…
Con los mismos ojos, un rato después…
-¿Qué te pasó, cuore? Pintó nostalgia…
Fue una de esas hermosas tardes de sol, justo para pasear en la moto por mi pueblo Alberti donde nací hace más de medio siglo. Me puse el casco sentí que estaba masticando ayeres, fui a recorrer el parque rodeé la laguna artificial, reconociendo como propios esos espacios disfrutados en la adolescencia acompañado por mi perro el faly que vestía una camisetita de river.
Luego hasta la ruta, sintiendo la compañía del sol que quemaba el lomo, pero el aire acariciaba mi barba entre cana, pasé a saludar al viejo y maltratado Río Salado y regresé a mi barrio, el de la desaparecida escuela 2, frente al boliche del negro Scelsa.
Allí caminaba de niño, por la larga y polvorienta calle Saavedra, desde el hospital hasta el último foco. Despacio, me vi jugar un fulbito en la casa del mono Sarco, pero cuidado que viene puente roto en el sulki y tira un latigazo jaja, al lado de lo del Keko, en la esquina de Acuña. Imaginé escucharlo llegar al Plana San José con su risa larguiruchezca. Paré en la esquina de Quinina, miré al frente y me faltaba el rancho de Carlitos Barrera. Recordé al Choma San José y su silbido, a la Rumilda “la Bataraza” , el Chato Ciruli gritándole “¡Sapoo!”. El Alberto Castañares tampoco estaba.
Miré para el lado de la despensa de la Marta Caré, buscando la planta de caqui del padre. Seguí despacio, en dos dimensiones, los recuerdos y el presente tan cambiado, más poblado, más desconocido, con nuevos vecinos. Ya faltaba poco menos de dos cuadras y ese era el territorio más cercano donde habitaban mis más amadas nostalgias, casi llegando a la esquina el caseron de la Lelia gazoti y cruzando casi una tapera.
En esos minutos que fueron décadas, escuchaba el rugido del motor de mi chopera regulando, Inconscientemente, las voces se amontonaban para decir “presente”. Una ráfaga de olores sacudía los recuerdos, incluyendo la docena de facturas de Navarro, que me comía en tiempo récord para que en casa nadie se diera cuenta, recordaba y sonreía bajo el casco.
Casi baldío toda una cuadra, excepto el boliche con la cancha de bocha de Galota. Al llegar a la esquina, se veía la casa de Juárez, mire a ver si veía a la reina Elena, que hacia suspirar hasta las veredas, lo de Guzmán y el rancho de Gerardo, donde los amigos de Pachina mirábamos TV en blanco y negro con antena giratoria para sintonizar la onda, linda barriada, mirando la novela de la tarde, chculeta decia que aprendia a dar besos mirandola.
Del otro lado, la casa de Galota y más allá el almacén de Morelo, enfrente de lo de Sfie. Nada más que mimbres se veían de ese lado. Pero los Tamburo lentamente construían su casa al lado de don Orosco, enfrente de lo de Estuca y al lado de San José, la madre del Plana que nos daba catequesis.
En la esquina, un caserón de la abuela de Luis Pascucio donde buscábamos nísperos del otro lado de la calle de tierra. Amanda y la casa de doña Dominga, que en el fondo teníamos nuestro propio estadio de fútbol. De la esquina, se veía la casa de los Cividini, laburantes del horno de ladrillos y hogar de la reina Graciela, pero al costado me quedaba la pieza del negro Ruiz.
Del otro lado del zanjón, el boliche del Negro Scelsa con el palenque con argollas para los clientes con caballos. Se mezclaba el olor a bosta con los brillos de la moto Honda 600 de Catrofilo. Una postal de los 80.
Nuestra querida Escuela 2, donde me bautizaron “Torito”, se transformó en un jardín de infantes. Allí habitaba otra musa de ojos grises, hija de la portera Fernández. imaginariamente Saludé a la Mimi con sus pantalones piel de durazno y pasé por la casa con entrada redondeada de la Julia y el Lala.
Nada más quedaban 50 metros para llegar a las dos ruedas de sulki que marcaban la entrada de nuestra casa en Saavedra 325. Pero antes, el terreno de Juan que estaba construyendo de a poco su casa. Unos metros más adelante, pasábamos a la anteúltima porque la tía Julia empezaba a levantar con tío Joly su casa con ladrillos apoyados en buen barro.
A la vuelta, el Zorro que hacia poco se hizo de novio con maggy, desde el fondo de casa se veía el rancho de Neco Diaz y su flia numerosa, que delante vivían los Barragan también muy numerosa. Más allá, a lo lejos, después del montecito de moras del viejo Pagano, lugar de encuentro para travesuras. Sentí olor a venenos de un fumigador y la manzana de Domingo De Pietro construcciones, hoy se convirtio en un barrio social.
Pegué la vuelta porque miré a ver si estaban las hnas Ramundo la moni y patricia, casi frente a lo de Maza y en la esquina de Chapela, me tocó bocina una camioneta que me volvió de golpe a la realidad.
¡Carajo! Justo que iba a dar vuelta para ver si estaba Amado Coria en el rancho. Me latía fuerte el cuore en esas pocas cuadras llenas de instantes y sentires.
¿Se fue calmando el galope y pasé a saludar al hombre de la bicicleta, Raúl Quintero, enfrente de Rogelio y más allá la casa de los San José… quedan muchos recuerdos que se suceden en paralelo con este hoy.
Será que nos estamos poniendo viejos?
Continuará: Con el largo recorrido hasta el club San Lorenzo a jugar un fulbito con Pedro y Guillo Rivero, y despues comprar una bolsita de girasol en lo de Pi… antes del matecosido feente a la capilla de fatima…
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