PerteneSer — Periódico Alberti
un surco por familia

Sangre derramada a orillas del Rio Salado

Sangre derramada a orillas del Rio Salado

Manuel Calelián y la tragedia que definió una frontera en dell noroeste bonaerense, fue el escenario de pactos rotos, persecución y el violento nacimiento de la línea militar del siglo XVIII

Manuel Calelián y la tragedia que definió una frontera en dell noroeste bonaerense, fue el escenario de pactos rotos, persecución y el violento nacimiento de la línea militar del siglo XVIII.
El paisaje actual del río Salado a la altura de Alberti respira una calma llanera que esconde un pasado de lanzas, fusiles y promesas quebradas. Mucho antes de que las topadoras rurales dibujaran los mapas productivos modernos, el noroeste de la actual provincia de Buenos Aires constituía la territorialidad soberana de las poblaciones indígenas de las Pampas y la Nor-Patagonia. Fue precisamente en estas coordenadas geográficas donde se libraron los capítulos más crudos de los primeros contactos interétnicos; una oscilación permanente entre la diplomacia comercial y la guerra fronteriza.En el centro de esta tormenta histórica del siglo XVIII se agiganta la figura de Manuel Calelián, un cacique pampa cuyo trágico destino y el de su propia sangre simbolizan el violento corrimiento de la frontera hispanocriolla.
“El Salado como trinchera y caminoHacia la década de 1740, la paz en la campaña bonaerense pendía de un hilo. Tras los devastadores malones indígenas sobre Magdalena y Luján en 1740 y 1741, y la posterior ruptura del tratado de paz entre el cacique Cangapol y Buenos Aires (1742), la Corona española comprendió que el control territorial requería de una muralla de contención. El río Salado se transformó de manera definitiva en la frontera política y militar indiscutida.Para blindar la villa de Buenos Aires, el Cabildo porteño ordenó de forma escalonada el levantamiento de una red de fortificaciones: Salto (1752), Guardia de Luján (1752), Navarro (1767), Lobos (1752) y Monte (1745). Décadas más tarde, bajo el influjo de las reformas borbónicas y el virreinato de Juan José de Vértiz y Salcedo (1778-1784), la línea se reforzó con los fortines de Areco, Chascomús, Melincué, Ranchos y Rojas.
Sin embargo, esta delimitación militar era un mapa superpuesto sobre realidades preexistentes. Los fortines se asentaron directamente sobre las viejas rutas de la diplomacia fronteriza y el comercio interétnico que unían el Río de la Plata con la «tierra adentro». Desde Salto y la Guardia de Luján, hoy Mercedes, partían los caminos que pasaban por los campos del hoy Alberti, conectando Buenos Aires con enclaves estratégicos como Leuvucó y las Salinas Grandes, proyectándose incluso más allá de la cordillera. Calelián no era un enemigo acérrimo del orden colonial; por el contrario, las crónicas de investigadores locales y regionales lo rescatan como un líder que buscaba activamente la convivencia y la paz. De hecho, los Calelián fueron piezas clave de los intentos de pacificación, un esfuerzo que chocaba constantemente con las arbitrariedades de los jefes militares coloniales.
La tragedia de la parcialidad se desencadenó cuando la paranoia y la intolerancia de la frontera hicieron mella en las autoridades de la provincia. Tras recurrentes tensiones y desconfianzas en la plaza de Luján, el estigma del «indio traidor» operó rápidamente sobre los comandantes de la campaña.
El propio cacique Manuel Calelián fue tomado prisionero por las fuerzas hispanocriollas de la época. Considerado una amenaza de gran envergadura por su influencia, el Gobierno colonial determinó su destierro definitivo y su confinamiento perpetuo en Europa, siendo embarcado con destino a España.Sin embargo, el destino final del líder jamás rozaría el suelo europeo. Rehusándose a aceptar los grilletes y la pérdida irremediable de su libertad en tierras lejanas, Calelián protagonizó un último acto de dignidad y resistencia: murió trágicamente tras saltar del barco hacia las profundas aguas del Río de la Plata, prefiriendo el abrazo de su tierra fluvial antes que el cautiverio colonial.
Un horror se desataba sobre su propia sangre en la llanura. un ataque despiadado ejecutado bajo el mando militar directo del maestre de campo Juan de San Martín, las milicias criollas cayeron sobre las tolderías familiares a orillas del río Salado, justamente en el paraje geográfico que hoy constituye el partido de Alberti.
La orden militar de San Martín arrasó con todo. No se trató de un enfrentamiento directo entre ejércitos ni de un parlamento fronterizo; fue una verdadera masacre dirigida hacia la familia y la comunidad desprotegida de Calelián. Los subordinados del comandante pasaron a cuchillo a hombres, mujeres y niños por igual, destruyendo por completo el núcleo familiar del cacique exiliado.
Aquellos pocos allegados que lograron sobrevivir a la carnicería en los campos de Alberti fueron capturados y desterrados a la Banda Oriental, desarticulando de forma definitiva su influencia territorial en la región.
El derramamiento de sangre de la familia Calelián a orillas del Salado marcó un antes y un después en el devenir histórico del noroeste bonaerense. La masacre demostró que la violencia extrema de los primeros jefes militares solo perpetuaba un ciclo de hostilidad y represalias con la «tierra adentro».
Pasada la Revolución de Mayo (1810) y la declaración de la Independencia (1816), los sucesivos gobiernos de Buenos Aires intentaron avanzar más allá de la histórica línea del Salado, fundando fuertes de avanzada como Federación (Junín) y Cruz de Guerra (Veinticinco de Mayo) entre 1827 y 1828.
No fue sino hasta el ascenso de Juan Manuel de Rosas que el Estado provincial ensayó una estrategia diferente mediante el denominado Negocio Pacífico de Indios. Este sistema, basado en la negociación directa, la inserción pactada de parcialidades y la entrega periódica de raciones y ganado, buscó pacificar mediante las arcas estatales lo que la espada de militares como San Martín no había podido estabilizar.
En ese nuevo esquema se integrarían más tarde los «indios amigos» de la región.Hoy, la historia de Manuel Calelián y la matanza de su familia en Alberti resurge del olvido institucional. Su trágico salto a las aguas del Río de la Plata y el sangriento fin de los suyos a orillas del Salado son el testimonio descarnado del altísimo precio humano que pagaron las comunidades originarias en los albores de la conformación fronteriza.
Se trata de un suceso que la historia oficial de Alberti suele invisibilizar, en gran medida porque la fundación formal del pueblo ocurrió más de un siglo después de aquella sangrienta matanza, sepultando bajo los planos del progreso urbano el pasado indígena de la región.

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